Kurdistan
Región del Kurdistán. Observe cómo se superpone al territorio soberano de varios países.

www.fuerzasmilitares.org (29MAY2017).- Los Estados en su conformación transitan por etapas históricas de las cuales suelen salir bien o mal librados en virtud de la forma como afronten los procesos históricos dentro de los órdenes mundiales que les toque vivir.

Tanto los Estados que hoy llamamos desarrollados como aquellos considerados emergentes, participan en el concierto mundial de la manera que más le conviene, pero a sabiendas de que existe un panorama mundial que en ocasiones le es adverso a sus intereses, en palabras de Chavellier (2011), “el sistema internacional se presenta como un sistema estratificado, en el cual los Estados ocupan posiciones muy desiguales “(p. 69). Esto genera que algunos Estados estén sometidos al imperio de regulaciones y calificativos que en ocasiones los ponen como parias dentro de ese orden internacional (“Estados fallidos” por ejemplo), determinando las relaciones interestatales que se generen entre quien califica y el que es objeto del calificativo.

Lo anterior hace parte de la dinámica misma de un mundo que se ha configurado bajo la estructura jurídico-política y social denominada estado-nación, que tiene sus raíces en el principio de soberanía del tratado de Westfalia de 1648. Los Estados modernos fungen de esta manera como los principales actores del denominado “sistema internacional” porque, sin ser los únicos actores en escenario, “cualquier estudio sobre actores internacionales comienza por una referencia al Estado” ( Barbé, 2011, p. 159). Entonces, si las relaciones internacionales encuentran todavía su fundamento en los Estado constituidos legalmente. ¿Qué pasa entonces con aquellas naciones que a pesar de cumplir los requisitos históricos, no han logrado una autodeterminación como Estado? ¿Qué tanto y de qué manera pueden vincularse pueblos como los Kurdos o los Chechenos a un orden internacional que por múltiples razones les ha negado el principio de soberanía y autodeterminación? ¿Son simples piezas que se mueven siguiendo la lógica de un sistema al cual no pertenecen y del cual no tienen reconocimiento?

La cuestión se vuelve compleja porque, si bien es cierto el Estado sigue siendo el fundamento de las relaciones internacionales y sobre el cual recae la responsabilidad de darle solución al problema de tener cobijados bajo su estructura político-jurídica pueblos que desean su independencia, las dinámicas de las relaciones internacionales muestran que esto no es tan sencillo porque la cuestión de las autonomías ya no es un simple problema interno. Ello involucra nacionalismos que podrían llegar a ser peligrosos si se generalizan, especialmente en Europa que alberga una multiplicidad de naciones diseminadas en los Estados legalmente constituidos, como el caso del pueblo Catalán en España, el Euskadi en Francia y España; además de territorios con movimientos independentistas como Córcega en Francia, Escocia en el Reino Unido, Flandes en Bélgica y Francia, Gagauzia en Moldavia y Ucrania, Islas Feroe de Dinamarca, Trentino en Italia y Austria, sin contar con alrededor de 10 grupos autonomistas en todo el continente.

Utilizo como referente Europa por el peso histórico que tiene en las relaciones internacionales, pero el caso emblemático y sobre el que haré énfasis es el de los kurdos. Este pueblo milenario que cuenta actualmente con una población aproximada de 30 millones de personas, ha visto cómo los órdenes mundiales reconfiguran el mundo mientras ellos no han podido consolidar un Estado que los albergue. En consecuencia se encuentran diseminados en Turquía, Siria, Irak e Irán con todo lo que ello implica en términos de condiciones humanitarias de existencia. Según el periódico El mundo de España “para Human Rights Watch (HRW), autora de la mayor investigación sobre 'Al Anfal', al menos100.000 kurdos murieron o desaparecieron en el norte iraquí entre 1987 y 1988, aunque la cifra aumenta hasta los 180.000 según las víctimas de la operación liderada por 'Alí, el químico'”. Además de los incontables casos de torturas, desplazamientos, desapariciones, al igual que la destrucción de cerca de cuatro mil pueblos del montañoso Kurdistán que quedaron arrasados en un 80% por el uso de las armas químicas. Sólo en la ciudad de Halabya, atacada con armas químicas en marzo de 1988, murieron unas 5.000 personas, entre ellas numerosos ancianos, mujeres y niños.

Pero lo paradójico del caso Kurdo es que sólo alcanza dimensión mundial por la figura de su verdugo que por las circunstancias históricas se convirtió en el enemigo número uno de Estados Unidos y por lo tanto del mundo, lo que circunstancialmente llevó a la escena mundial el problema Kurdo. Pero esto ya había ocurrido una vez finalizada la Primera Guerra Mundial cuando el asunto del Kurdistán entra en escena para definir intereses mundiales tras la caída del imperio Turco Otomano del cual era tributario. De igual manera, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, tras el reparto del mundo por parte de las potencias vencedoras de acuerdo a intereses económicos, se traza el nuevo mapa de la región que permitió la división del Kurdistán y “la formación de cuatro potencias regionales apoyadas económica, política y militarmente de forma incondicional por Estados Unidos (Turquía e Irán, del Sha) y la extinta URSS (Siria e Irak) a las que, en aras de preservar su seguridad y su carácter de Estados-gendarme se les dio carta blanca en política interior” (http://www.uv.es/charco/documentos/kurdos.htm). Según la fuente citada, actualmente en la parte del territorio Kurdo de Turquía es donde se extrae la totalidad del petróleo turco, en este país habitan alrededor de 15 millones de Kurdos; del Kurdistán iraquí se extrae el 74% del petróleo de Irak en donde la población kurda asciende a unos 5 millones; en Irán suman 8 millones y de sus territorios se extrae el 20% de la producción nacional de petróleo de ese país; en Siria habitan alrededor de 1 millón de Kurdos y la totalidad del petróleo sirio proviene de las regiones kurdas.

Es evidente que dentro de un sistema internacional basado en el cálculo racional de las potencias, problemas como el de los kurdos y el de las otras naciones que buscan su independencia, sólo es posible si orbitan en la misma dirección de quienes imponen el orden mundial. Tal es el caso de la actual coyuntura. La guerra contra el llamado Estado Islámico en el Medio Oriente ha sido vista por los kurdos como la posibilidad de lograr cierta autonomía como la lograda en el territorio iraquí posterior a la segunda guerra del golfo, en palabras del diario El país de España: “El hecho de que los kurdos se hayan mostrado como una de las fuerzas de combate más decisivas en la lucha contra el Estado Islámico ha espoleado sus demandas, y ahora exigen para Siria un modelo federal similar al iraquí, que les permita conservar su autonomía conquistada en la guerra”. Este triunfo de los kurdos se debe en parte a la ayuda suministrada por EE.UU que los ve como aliados en su lucha contra el avance de los Yihadistas, incluso ha puesto en riesgo su relación diplomática con Turquía quien se opone a que se apoye con armamento a la milicia kurda por ser éstos miembros del PKK (Partiya Karkerên Kurdistan) o Partido de los Trabajadores del Kurdistán que ha sido declarada como organización terrorista y cuyo líder Abdullah Öcalan fue condenado a cadena perpetua en 1999 por el Estado turco.

Es evidente que el problema de las naciones sin territorio no es un asunto prioritario para la agenda internacional de las potencias, por el contrario, a raíz del resurgimiento de los nacionalismos en el mundo, lo que menos interesa es dejar una puerta abierta que actúe como “caja de pandora” sobre todo en Europa que ya ha sufrido los rigores de nacionalismos extremos. Esto sin duda augura un futuro poco alentador para aquellos pueblos que quieren transitar el proceso histórico de construcción de la estructura político-jurídica modelo del mundo accidental. Sin embargo, tal como lo muestra el caso de los kurdos, suelen surgir vientos favorables dentro de la borrasca de la política internacional.

 

Gregorio Arévalo Navarro 
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Sociólogo, Especialista en Intervenciones Psicosociales y Magíster en Estudios Políticos